No le dijo adónde iban.
—Estate lista a las diez —dijo—. Ponte algo del armario.
Cuando ella abrió la boca para negociar las condiciones, él simplemente dijo “Claira” con esa voz baja y definitiva. Ella cerró la boca y subió las escaleras.
Eligió el vestido más recatado que encontró: un burdeos intenso que aun así se ceñía a su cintura y sus caderas de una manera que la hacía sentir expuesta. En el espejo parecía una extraña con la piel de otra persona. Solo la cruz en su garganta se sentía suy