No gritó.
Eso fue lo extraño. El sueño había sido bastante violento —agua oscura, fría y veloz, la voz de su madre en algún lugar sobre la superficie llamando un nombre que ella no lograba escuchar bien— pero cuando despertó, despertó en silencio. Se sentó de golpe, con ambas manos aferradas a las sábanas, el corazón latiéndole contra las costillas como si quisiera escapar.
La habitación estaba oscura. El reloj en la mesita de noche marcaba las 2:17.
Se llevó ambas palmas al pecho y respiró. In