Livia
Caminaba silenciosa al despacho de Matteo; ya habían pasado dos días después del paseo en el yate y los rusos se habían marchado de casa. Había escuchado que una prestigiosa abogada se encontraba hablando con mi marido; me resultaba curioso que no me mandara a llamar y se encerrara con ella en el despacho.
Sabía que la fidelidad en la mafia no existía, pero me negaba a ignorar lo que ocurría en mi propia casa; si me quedaba callada, un día la llevarían a mi propia cama. Una vez, por orgul