Livia
Despacio caminé por los pasillos de la mansión, atravesando la cocina y deteniéndome de golpe al ver a Fiorella sentada tomando el té con la que recordaba era la madre de Isabella. Mi pecho se infló de rabia por la osadía: no solo no se había ido, sino que tenía el descaro de traer a esa mujer que me odiaba a mi propia casa.
—¿Qué haces aquí? —entré, olvidándome de saludar—. Te dije que te largaras de esta casa.
Tomándose su tiempo, se giró a verme con desprecio, fijándose primero en mis