Los invitados comenzaron a marcharse, abandonando la casa con descontento, murmurando entre ellos mientras cruzaban el umbral. Sus miradas eran de desconfianza, calculando la próxima estrategia para retomar influencia. Cada paso de los hombres de Matteo resonaba en sus oídos como un recordatorio de que estaban en territorio ajeno, controlado ahora por alguien que no esperaban: una mujer. La ‘Ndrangheta no era bienvenida en sus mentes; pero Livia Vescari no pedía permiso.
—No confío en ellos —mu