Livia
Pasadas las cuatro de la mañana, el Pakhan y su mujer se retiraron a su habitación, seguidos por su equipo. Se les había entregado un ala del segundo piso, para que estuvieran más cómodos y con más privacidad.
Matteo me guio hacia afuera, las lámparas iluminaban los alrededores y los hombres hacían sus respectivas guardias.
—¿A dónde vamos? —pregunté, tratando de mantenerme firme; había bebido demasiado.
Él me sostenía de la cintura, caminando en silencio por el sendero que bajaba a la pl