Livia
Con el corazón en la boca y sin poder creer lo que acababa de pasar, bajé de la avioneta. Podía sentir cómo mis piernas temblaban, al igual que mis manos. «Lo hice.» Estaba conmocionada. Apenas le presté atención a lo que decía mi escolta. Parecía preocupado y, cuando casi caí de bruces al piso, me sostuvo. Me acercó a una enorme piedra para sentarme.
—Está muy pálida, ¿segura que está bien?
—Sí, es solo la descarga de la adrenalina —lo miré. Estábamos en problemas. Nada había sucedido c