El calor en la aduana era sofocante. Un mar de contenedores metálicos se alzaba como un laberinto interminable, cada uno numerado, sellado y custodiado por agentes uniformados que parecían más interesados en sus relojes que en lo que ocurría a su alrededor. Rebeca caminaba con paso firme entre pasillos de acero y olor a combustible, acompañada por Giulio y su séquito de hombres, Enzo entre ellos.
El papeleo había sido tedioso. Documentos, firmas, sellos y comprobaciones se sucedieron uno tras o