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Tan pronto estuvo a cubierto, la dejé para buscar algo de comer. Y al regresar con dos conejos, vi que había abrigado a la yegua y tenía un pequeño fuego encendido. Se había sentado entre las raíces, bien envuelta en su manto, con un saco de tela que olía a queso, pan y carne cocida en su falda.

—Come tú los conejos, mi señor —sonrió—. Yo ya tengo aquí mi cena.

Me eché a un par de pasos a comer, y apenas terminé, me acerqué más a ella. Como siempre que iba en cuatro patas, Risa

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