Fue mucho peor que lo peor que pudiera haber imaginado, y que cualquier abuso al que Olena me obligara a someterme hasta entonces.
Con esa velocidad temible de los blancos, Lazlo destruyó la distancia entre él y yo para aparecer de la nada junto a mí y sujetarme en sus brazos. Aplastó sus labios contra los míos, y su lengua separó mis labios a la fuerza para colarse dentro de mi boca como una serpiente.
—Esa idiota —rió, estrechándome contra su cuerpo, que parecía una roca caliente—. Atreverse