Me volví hacia el desconocido, que se detuviera a sólo dos pasos, y tuve que cerrar los puños para dominarme. Porque reconocí de inmediato al rubio casi pálido que trajera a Mael ante Olena.
—¿Acaso corro peligro? —le pregunté con tanta calma como podía.
—No, por supuesto que no —se apresuró a responder, sonriendo—. Pero tampoco es prudente que te internes sola en el bosque.
Me encogí levemente de hombros mirando más allá de él, a las rubias que aún se demoraban en los límites del jardín.
—Si n