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Pasé los dos días siguientes enferma, ardiendo de fiebre y vomitando hasta que ni bilis me quedaba. Seguía en las habitaciones de Olena, custodiada a toda hora por dos amazonas. Durante el día cerraban los pesados cortinados y se turnaban para dormir, de forma que siempre hubiera al menos una de ellas despierta a pocos pasos del sillón donde seguía acostada.

El silencio y la calma me ayudaban a descansar, y a medida que superaba el efecto de la simiente de Lazlo, volví a ser capaz de pensar. Fu
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patvikaNiñas, jóvenes… en donde andan que no han dejado comentarios…
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