Valentina se dirigió a su habitación y cerró la puerta con llave. No deseaba que Mateo entrara; ni siquiera soportaba la idea de tenerlo cerca. Tras darse una ducha, se refugió en la cama. Una hora después, Mateo intentó abrir la puerta y, al toparse con el cerrojo, un arrebato de ira lo empujó a salir a la calle. Caminó sin rumbo, tratando de ahogar en pasos la rabia que le quemaba el pecho.
Mientras tanto, Valentina yacía desvelada. Los pensamientos se enredaban en su mente, negándole el des