El silencio en la cueva marina era una cosa espesa y pesada. Era el silencio de un centenar de mentes esperando que un sistema se reiniciara. El brazo de Ronan era una banda de acero alrededor de mi cintura, su cuerpo un resorte contenido de furia sin objetivo. Era un rey cuyo reino acababa de reducirse a una serie de puntos de datos, y su rabia era algo inútil e impotente.
“Está procesando”, susurró Lyra, su voz un áspero murmullo impregnado de un respeto nuevo y aterrador. Miraba a Seraphina,