El mundo se quedó en silencio.
No el silencio de un bosque, sino el silencio muerto de una máquina apagada. En el laboratorio de Vigo, el zumbido se detuvo. Los latidos frenéticos de los científicos detrás del cristal disminuyeron, su miedo reemplazado por una profunda y somnolienta confusión. La luz plateada del sello de Lyra parpadeó y luego murió, sumiendo de nuevo la habitación en su fría fluorescencia blanca.
Vigo, atrapado dentro de su jaula desvanecida, dejó de gritar. Se quedó perfectame