El silencio después de que Vigo se marchara era una cosa fría y pesada.
Estaba lleno del fantasma de su olor: el hedor abrumador de los Garras Rojas y el leve segundo aroma de traición que se aferraba al guardia que lo acompañaba. Dos de ellos. Una conspiración. Un nido de víboras escondido en el corazón de mi manada.
Mi mente corría, intentando comprender la magnitud de todo. Ya no era solo la ambición de Vigo. Era una red. Tenía seguidores. Leales. Personas dispuestas a cometer traición. Gent