La nota se había convertido en mi nuevo mundo.
Su textura áspera y seca era un mapa que podía seguir. Las letras en relieve eran un lenguaje que podía comprender. Confía en ti misma. Había repetido esas palabras tantas veces en mi cabeza que ya no eran solo letras; eran una orden. Un juramento.
Mis dedos las recorrieron de nuevo, el movimiento era un ritual reconfortante en la oscuridad sofocante. Ya no era una prisionera esperando morir. Era una cazadora. Y mi presa era un fantasma.
El tic-tac