El relicario era un secreto frío y pesado contra mi piel.
Me quedé junto a la ventana, la luz de la luna rozando mi rostro como una caricia pálida, mientras mi mente era un torbellino de planes frenéticos y desesperados. Anya estaba sentada en un sillón mullido, una sombra pequeña y encogida en aquella habitación opulenta, su aroma un murmullo constante de miedo y determinación. Éramos dos fantasmas dentro de una máquina, esperando a que la araña notara que uno de sus hilos estaba fuera de luga