El nombre quedó suspendido entre nosotras, como un fantasma que de pronto respiraba. Anya. La chica que llevaba el perfume de una muerta como si fuera un velo. La chica que aseguraba que la víctima de mi peor enemigo la había enviado conmigo.
Era una trampa. Tenía que serlo.
Vigo era una araña que tejía telarañas tan complejas y crueles que me sorprendía que no se ahogara en su propia mentira. Esto era otra hebra más. Un nuevo tormento. Mandarme a una chica frágil, llorosa, con una historia tan