Su mano permaneció extendida, una oferta silenciosa en la habitación tenuemente iluminada. La elección que me presentaba era el filo de una navaja, dos versiones distintas de una prisión. De un lado, la jaula dorada de una prisionera indefensa, encerrada y olvidada. Del otro, el acero afilado de un arma, pulida, controlada y apuntada contra sus enemigos. Pero un arma no tiene voluntad propia. Se empuña. Se usa.
Miré su mano extendida y luego sus ojos rojos ardientes. Vi el cálculo en ellos, la