El clic de la cerradura resonó en la habitación austera, un sonido final y definitivo que selló mi destino. Era una prisionera. Otra vez. Una nueva oleada de desesperación me atravesó, tan fría y potente que me hizo doler los dientes. Había escapado de una jaula dorada solo para ser arrojada a otra, esta tallada en roca y envuelta en magia antigua.
Me dejé caer al suelo, la espalda apoyada contra la fría pared de piedra, y hundí el rostro entre las manos. Los acontecimientos de las últimas vein