El descenso al lago fue como entrar en otro mundo. Las piedras brillantes del camino eran firmes y cálidas bajo sus pies. A cada lado, el agua no fluía; colgaba en el aire como inmensas y resplandecientes cortinas de cristal. Dentro de estos muros de agua, vieron cosas.
No eran reflejos, sino momentos vivos. Una Recipiente de una era olvidada, con la piel estampada como escamas de pez, riendo mientras enseñaba a una manada de delfines a saltar a través de anillos de luz tejida. Un Recipiente de