El silencio en la caverna era algo sagrado y frágil. Era el silencio de una profecía cumplida, de un mundo alterado de forma irrevocable. La manada del Espiral de la Serpiente, los Acechadores de la Arena, permanecieron de rodillas, no por sumisión, sino en adoración. Su líder, Zola, fue la primera en levantarse; sus movimientos eran lentos, reverentes, como si se acercara a una deidad. No caminó hacia mí, sino hacia Nima.
—Hija mía —susurró, con una voz cargada de una emoción que era un comple