La pesada puerta de nuestra jaula dorada se cerró con un clic suave y definitivo, dejando fuera los murmullos de la corte y el peso de sus miradas. El silencio que siguió no fue pacífico; era el silencio tenso y vibrante de una batalla ganada, pero con una guerra aún lejos de terminar. La adrenalina que me había sostenido durante la cumbre comenzó a disiparse, dejando atrás un agotamiento que me calaba hasta los huesos y un temblor persistente en las manos.
Ronan estuvo frente a mí de inmediato