Los guardias nos condujeron por un laberinto de corredores opulentos, nuestros pasos resonando sobre suelos de mármol pulido tan limpios que reflejaban la luz temblorosa de las antorchas como agua oscura. El aire estaba cargado del aroma empalagoso de perfumes caros y del olor frío y estéril de la piedra que nunca había conocido la tierra. Era la antítesis completa de la guarida de Colmillo Sombrío, y cada instinto en mi cuerpo gritaba que aquel no era un lugar de vida, sino una tumba hermosa y