Corrí.
No sabía a dónde iba. Solo corría. Me abrí paso entre la multitud, sus cuerpos eran una pared blanda pero implacable. Podía sentir sus manos empujándome, apartándome. Escuchaba sus risas, susurros crueles que me seguían como una jauría de perros hambrientos.
Tropecé al salir de la plaza, mis pies descalzos golpeando los adoquines ásperos. No me detuve. Corrí hasta que los pulmones me ardieron, hasta que las piernas me dolieron, hasta que ya no pude oírlos.
Me encontré en el bosque. Estab