El silencio era un peso físico.
Me presionaba el pecho, aplastándome los pulmones, haciéndome difícil respirar. Podía sentir el peso de mil miradas, de mil mentes horrorizadas y llenas de desprecio. La piel me ardía, el rostro me quemaba. Quería correr. Quería desaparecer. Pero la magia me mantenía en mi sitio, una jaula suave e imposible de romper.
Entonces, una voz cortó el silencio.
Era una voz suave, encantadora. Una voz acostumbrada a ser obedecida, a ser amada. Era Vigo. El Beta. El mejor