Cabalgaron hacia el este, exigiendo al máximo a los caballos. El mundo por el que pasaban era un paisaje de pavor silencioso. Los temblores psíquicos de los que Fen había hablado eran ahora visibles. Las granjas estaban vacías, con las puertas balanceándose al viento. En las pequeñas aldeas, la gente se movía con un paso lento y arrastrado, con la mirada baja, como si el peso del cielo presionara sus hombros. El tapiz vibrante y caótico de la vida humana estaba siendo despojado de su color.
El