Oakhaven era un fantasma pintado en tonalidades grises. El familiar y alegre entablado de las casas estaba cubierto con la misma tela funeraria que habían visto en Stonebridge. Una extraña lluvia seca caía desde la nube turbulenta sobre sus cabezas, pero no dejaba humedad; era simplemente una llovizna psíquica, un llanto que se filtraba en el alma. El latido del tambor era una presencia física aquí, un zumbido bajo y resonante que vibraba desde los adoquines hasta las suelas de sus pies.
Kaelen