El descenso de la montaña fue un asunto arduo y silencioso. El viento frío los azotaba, un marcado contraste con el calor empalagoso de Aeridor. Nadie hablaba. No había nada que decir que pudiera abarcar la magnitud de lo que habían hecho.
Kaelen era el que peor estaba. Caminaba aturdido, con los brazos rodeándose a sí mismo y la mirada desenfocada. —Puedo oírlos —seguía susurrando, con voz fina y quebradiza—. No con mis oídos. Es como... una estática. Detrás de todo. Un millón de voces, todas