La pista no merecía confianza.
Por eso salieron.
Lucía había enviado el material a las cinco y doce de la tarde: una ampliación sucia de uno de los reflejos capturados en la villa. No había un rostro completo, ni una matrícula, ni un nombre. Solo una franja azul en un uniforme claro, una lona blanca al fondo y el borde de un mosaico verde que ella juró haber visto antes en un acceso privado de Larvotto vinculado a terapias marinas y traslados discretos. Podía ser una coincidencia. En Mónaco, pen