En el refugio, la herida del 48 seguía viva.
No a gritos.
No como escena.
Como temperatura.
El salón olía a café rehecho, papel abierto y una tregua que no merecía ese nombre. Adriana estaba junto a la mesa con una carpeta jurídica abierta, el pelo recogido de cualquier manera útil y una camisa blanca demasiado limpia para la mañana que llevaba encima. Ya no tenía el vestido del Yacht Club. Tampoco la piel había olvidado del todo esa noche.
Franco estaba al otro lado, inclinado sobre el portátil