La tormenta siguió cayendo.
No con la misma violencia de antes, sino con una insistencia más sorda, como si hubiera decidido quedarse el tiempo suficiente para que la caseta se convirtiera en una demora real y no en un simple refugio circunstancial. El agua golpeaba el techo, descendía por la rendija del marco y dejaba una línea fina sobre la madera. Afuera, Larvotto era una masa gris detrás del vidrio empañado. Adentro, el silencio se había vuelto otra cosa desde la frase rota de Franco.
Empecé