El retraso fue de once minutos.
En Mónaco, once minutos podían ser una ciudad entera.
Franco ya estaba en el garaje con el motor encendido cuando Bianca apareció en la rampa interior con una carpeta gris entre las manos y la expresión exacta de quien llega con algo que no puede esperar. No venía despeinada. No venía agitada. Venía compuesta, que era peor. Las mujeres que improvisaban daño llegaban sin aire. Bianca llegaba con aire suficiente para elegir dónde clavarlo.
—Falta una hoja —dijo.
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