La terraza alta no daba al mar como postal.
Lo devolvía por fragmentos.
Entre dos edificios. Sobre una línea de techos. En el reflejo oblicuo de unos ventanales que de día pertenecían a oficinas y de noche parecían cajas negras suspendidas sobre la ciudad. Era uno de esos lugares desde los que Mónaco dejaba de verse bonita y empezaba a verse precisa.
Adriana entendió por qué Franco la había llevado allí apenas salieron de la ruta del puerto.
No era un refugio para descansar.
Era una altura para