El puerto siguió funcionando alrededor como si nada se hubiera alterado.
Un cabo tensado. Una sirena breve al otro lado del muelle. Un hombre discutiendo tarifas de abastecimiento con la impaciencia limpia de quien no sospecha que, a dos pasos de la avenida, una muerta acababa de nombrar al hombre equivocado en el lugar exacto.
Adriana volvió a leer la nota.
Si Franco encuentra esto, aún estamos a tiempo.
La frase no tenía saludo, no tenía explicación y, precisamente por eso, tenía una autorida