Yuri.-
El metal frío del suelo bajo mi mano ensangrentada, la alarma de mi fortaleza seguía aullando como una bestia herida y el olor a pólvora y a carne quemada inundaba el aire.
Miré mi pierna sintiendo un dolor agudo y punzante, me arrastré por el pasillo, estaba cerca de la salía oculta de la que solo yo tenía conocimiento.
— ¡Maldito Emil Kosta!
Iba dejando un rastro oscuro y húmedo, el dolor era insoportable, me recorría cada nervio, pero el odio que sentía era mucho más intenso.
Ese