—¿Piensas que por cubrir tu rostro dejarás de ser una mujerzuela desvergonzada que se desnuda frente a cientos de hombres cada noche y, de paso, se revuelca con el que más dinero pague? —rechinó los dientes mientras lanzaba veneno en cada palabra que salía de su boca.
Los azules ojos de Kristhel se llenaron de lágrimas; su corazón ardió al escuchar las palabras de aquel desconocido.
—Emir, déjala —dijo Arvid, presionando el hombro de su amigo—. No quiere hablar contigo.
La mirada cristalizada d