—Oye, gordo —metió sus manos dentro de la camisa de Arvid, acarició su pecho y mordió el labio mientras lo besaba—. ¿Qué tal si vamos a la habitación del fondo y la pasamos bien?
—Muy tentadora tu propuesta —le retiró la mano—, pero no puedo, tengo mucho trabajo. ¿Qué te parece si lo dejamos para esta noche? —levantó el rostro y ella asintió, cubriendo los labios de él.
Al cerrar sus ojos, Arvid volvió a recordar a la mujer de aquel centro nocturno. Más que recordar sus movimientos y su esplend