Regina dio un paso hacia nosotros. Sus tacones resonaron en el suelo de madera como disparos. Sara se quedó en el umbral, pálida, con las manos apretadas contra el pecho y los ojos clavados en Henrik.
—Suéltala —ordenó Regina.
Henrik no me soltó. Al contrario. Apretó mi mano con más fuerza.
—No.
—Suéltala ahora mismo. Y tú —me señaló con el dedo—, apártate de mi hijo.
—No voy a apartarme —dijo Henrik por mí—. Y no voy a soltarla. Se acabó el fingir.
—Henrik. —La voz de Sara sonó débil, quebrada