La ambulancia se alejó y yo me quedé en la escalinata.
Los invitados empezaban a dispersarse. Los periodistas recogían sus equipos. La fiesta había terminado. O mejor dicho, había estallado en mil pedazos. Las velas seguían encendidas en el jardín, pero ya no había nada que celebrar.
Me disponía a bajar las escaleras cuando una mano me agarró del brazo.
—Esto es culpa tuya.
Era Sara. Tenía los ojos enrojecidos y el maquillaje corrido. Su vestido blanco, el que debía haber sido el de su gran noc