El grito de Regina todavía resonaba en el salón.
—¡Una cualquiera! ¡Una chica de barrio que vendió su cuerpo por dinero!
Los flashes seguían disparándose. Los periodistas tomaban notas sin parar. Los invitados se miraban entre ellos, incómodos, fascinados, horrorizados. Nadie se movía. Nadie decía nada. Todos esperaban mi reacción.
Y yo, a pesar de todo, no bajé la cabeza.
—Ya terminó el espectáculo, señora Blackwood.
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba. El salón entero se quedó en silenci