El embarazo apenas llevaba unas semanas.
Todavía no tenía barriga. Si me miraba al espejo, seguía viendo a la misma chica de siempre.
Pero todo el mundo actuaba como si ya hubiera dejado de ser una persona.
Aquella mañana, la señora Kessler vino a buscarme para la revisión médica.
—Es hora, señorita Laira.
Asentí en silencio.
Ya conocía el camino hasta el ala médica.
Solo que, esta vez, cada paso me pesaba un poco más.
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El médico me recibió con la misma sonrisa tranquila de siempre.