La suite del ala este era preciosa.
Tenía ventanales que daban al jardín, una cama con dosel y un baño de mármol blanco. Las sábanas eran de seda. Las cortinas, de terciopelo. Había flores frescas sobre la mesilla y una lámpara de cristal que proyectaba sombras suaves en las paredes.
Una jaula de oro. Eso era.
Porque por mucho lujo que tuviera, por muy bonitas que fueran las cortinas, seguía siendo una prisión. Y lo descubrí a la mañana siguiente, cuando intenté salir al pasillo para buscar