La luna aún estaba alta cuando Ruddy dio la orden. Su voz sonó seca, casi indiferente, como si la decisión no hubiera nacido de su voluntad, sino de un deber impuesto por las tradiciones.
—Puedes salir, Tala. La luna ha hablado, y mi palabra también —dijo, sin mirarla demasiado.
El eco de sus pasos resonó en la caverna mientras Tala cruzaba la entrada. No había aplausos, ni sonrisas, ni un gesto de alivio entre los que se habían reunido para verla marchar. Solo ojos clavados en su vientre, c