El dolor recorría cada fibra de su cuerpo como brasas encendidas. Cada latigazo aún ardía en su piel, aunque la sangre ya se había secado en la tela de su túnica desgarrada. Tala apenas podía mantenerse erguida sobre el camastro donde la habían dejado después del castigo. Sus manos temblaban, pero no de debilidad, sino de la furia contenida que amenazaba con romperla en dos.
Cerró los ojos y dejó que su respiración se volviera lenta, profunda. El poder que había intentado ocultar desde niña emp