El silencio de la noche pesaba en la habitación, pero en la mente de Tala todo era un torbellino. Sus ojos aún ardían con la imagen grabada a fuego: la marca de la luna brillando sobre la piel de Ruddy.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su propio colgante pulsaba, como si reaccionara a lo que había descubierto.
—No puede ser… —murmuró apenas audible, con el corazón latiendo con fuerza.
Recordó las palabras de su madre en la visión: “La mayor amenaza no es Tania.”
Por un instante, la so