Alejandro
La Fisura en el Muro
El libro de Sun Tzu estaba sobre el mármol de la biblioteca, abierto de par en par. No a una sección de combate, sino a la sección de Inteligencia y Espionaje. Mi mano se extendió lentamente, levantando la tapa para ver lo que Isabella había querido que viera.
Y ahí estaba. Un pequeño post-it color naranja brillante—el color de las naranjas podridas del carguero que la trajo a mí—, pegado en la esquina inferior de la página. El texto, escrito con una letra diminuta y precisa, decía: "400".
Cuatrocientos.
El número no era una amenaza; era una declaración de conocimiento total. Cuatrocientas millas náuticas era la distancia que el Fundo Secreto de Cifuentes, la isla-prisión de Elías Moreau, mantenía de cualquier ruta de navegación establecida. Era un dato de seguridad confidencial que solo yo, Fuentes, y un puñado de planificadores logísticos conocíamos.
Mi Protocolo Estasis, diseñado para matar su mente con el aburrimiento, no solo había fracasado, sino q