Isabella
La Monotonía como Arma
El Protocolo Estasis de Alejandro no era una estrategia de confrontación; era una obra maestra de la crueldad psicológica. Su objetivo no era quebrar mi cuerpo o mi voluntad, sino inmovilizar mi mente. Quería que mi cerebro, entrenado para gestionar miles de millones en capitales y operar en el caos de la alta estrategia, se oxidara con el tedio de la rutina parental.
El ambiente de la mansión se volvió de un silencio tan denso que dolía. Ya no había la tensión de la vigilancia constante; los guardias eran fantasmas, la niñera era una profesional silenciosa con órdenes estrictas de neutralidad, y Alejandro era una aparición distante. Pasó de ser mi carcelero en persona a una fuerza atmosférica, omnipresente pero invisible, que solo se manifestaba para el ritual de la mañana y la noche con Adrián.
La ausencia de su furia me agotaba más que su presencia. Yo prosperaba en la batalla, en el flujo del riesgo. El Estasis me obligaba a la inacción, la antítesi