Elora se desplomó frente al espejo del gran salón. Su piel, usualmente radiante, estaba pálida como el mármol, pero sus venas brillaban con un color naranja incandescente. El bebé dentro de ella estaba creciendo a una velocidad antinatural, alimentándose tanto de su luz como de su energía vital.
Alaric entró en la habitación y la tomó en sus brazos antes de que tocara el suelo. Su tosquedad habitual se transformó en un pánico controlado. Al tocarla, retiró la mano con un siseo; la piel de Elor